Chile no puede renunciar al derecho de pensar

Columna de Opinión, por: Cesar Concha, Abogado . La educación no debe limitarse a formar profesionales para el mercado, sino ciudadanos capaces de crear, cuestionar y construir el futuro. Las recientes declaraciones del Ministro de Hacienda, en las que señaló que los jóvenes debieran orientar sus decisiones educacionales hacia carreras con mejores perspectivas de rentabilidad económica, han abierto una discusión que trasciende la contingencia. Más allá de las intenciones con que fueron formuladas, dichas palabras nos obligan a preguntarnos qué entendemos por educación y qué tipo de sociedad queremos construir para las próximas generaciones. Es evidente que toda persona tiene derecho a aspirar a una vida digna, a un empleo estable y a una remuneración que le permita desarrollarse plenamente. Nadie podría desconocer la importancia de que las políticas públicas consideren las necesidades del mercado laboral. Sin embargo, cuando el valor de una carrera profesional comienza a medirse exclusivamente por su capacidad de generar ingresos, corremos el riesgo de reducir la educación a una mera herramienta económica, olvidando su dimensión humana, cultural y democrática. Una sociedad no progresa únicamente porque aumenta su productividad o mejora sus indicadores macroeconómicos. Una sociedad progresa cuando es capaz de pensar sobre sí misma, cuando fomenta la creatividad, cuando desarrolla conocimiento y cuando forma ciudadanos con capacidad crítica para cuestionar las ideas dominantes y proponer nuevos caminos.
Chile necesita ingenieros, médicos, técnicos y especialistas. Pero también necesita filósofos, historiadores, profesores, científicos, artistas, sociólogos, escritores y pensadores. Necesita personas capaces de preguntarse no solo cómo funciona el mundo, sino también por qué funciona de esa manera y cómo podría ser mejor. El problema surge cuando la lógica del mercado deja de ser una herramienta para transformarse en una especie de criterio absoluto. Si los jóvenes deben escoger sus estudios únicamente en función de la rentabilidad futura, entonces la libertad de elegir una vocación comienza a desaparecer. Ya no estudiamos aquello que nos apasiona o donde creemos poder aportar al desarrollo colectivo; estudiamos aquello que el mercado considera útil en un momento determinado. Pero la historia demuestra que las sociedades más avanzadas no son aquellas que simplemente obedecen las señales económicas del presente. Son aquellas que cultivan el pensamiento libre, la investigación, la cultura y la capacidad de imaginar futuros distintos. Las grandes transformaciones de la humanidad no nacieron siempre de aquello que parecía rentable. Muchas surgieron desde la filosofía, la ciencia, el arte o la reflexión crítica. Surgieron precisamente porque alguien se atrevió a pensar diferente. Se atribuye a Voltaire una frase que resume uno de los pilares fundamentales de toda democracia moderna: “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”. Más allá de la discusión sobre el origen exacto de la cita, su significado permanece intacto. La libertad no consiste en pensar lo que otros consideran correcto. La libertad consiste en poder pensar, crear y expresarse sin que la utilidad económica sea la medida de todas las cosas. Cuando una sociedad comienza a valorar a las personas únicamente por su capacidad de producir riqueza, termina empobreciéndose en aquello que verdaderamente la hace grande: sus ideas. Porque las ideas no tienen precio de mercado. La creatividad no se mide en indicadores bursátiles. La reflexión crítica no aparece en las estadísticas de crecimiento económico. Sin embargo, son precisamente esas capacidades las que permiten que las naciones avancen, innoven y fortalezcan su vida democrática. Chile necesita crecimiento económico. Necesita inversión, empleo y desarrollo productivo. Pero también necesita algo igual de importante: ciudadanos capaces de pensar por sí mismos. Necesita jóvenes que puedan elegir libremente su camino, no porque sea el más rentable, sino porque responde a sus talentos, convicciones y vocaciones. Una democracia sana no puede limitarse a formar trabajadores. Debe formar ciudadanos. Debe garantizar el derecho a pensar, a cuestionar y a crear. Porque el día en que dejemos que el mercado decida completamente qué debemos estudiar, qué debemos valorar y qué debemos soñar, habremos renunciado a una de las libertades más esenciales de todas. Y Chile no puede renunciar al derecho de pensar.
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