EL DILEMA DEL PIONERO: CUANDO LIDERAR LA IA YA NO BASTA
Por Macarena San Martín Freire, SEREMI de Ciencia y Tecnología de Maule y O´Higgins
Esta semana, Chile volvió a situarse al frente del mapa regional en la cuarta edición del Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial (ILIA 2026), elaborado por Cenia y la CEPAL. Liderar la tabla con 71,4 puntos es una excelente noticia que ratifica la solidez de nuestros investigadores, la visión estratégica del país y un ecosistema que ha sabido construir certezas institucionales. Sin embargo, en un campo que avanza a velocidad exponencial, las medallas del pasado no garantizan la competitividad del mañana.
El verdadero valor de un diagnóstico serio no radica en la autocomplacencia, sino en la capacidad de mirar de frente las brechas antes de que se transformen en abismos. Y el reporte de este año nos deja una lección contundente: el liderazgo no se sostiene únicamente con talento e intenciones; requiere infraestructura, escala y una apuesta decidida por la adopción real en la economía cotidiana.
En ese sentido, resulta clave la lectura que ofreció durante la presentación del informe la ministra de Ciencia, Ximena Lincolao, al abordar la IA no como una herramienta tecnológica aislada ni como una amenaza que enfrenta al desarrollo con la regulación, sino como una infraestructura crítica transversal. La idea de que debemos elegir entre innovación o resguardo, o entre automatización y desarrollo humano, es un falso dilema. Ver la IA como infraestructura básica —al igual que en su momento lo fueron la electricidad o la conectividad digital— implica entender que la adopción tecnológica no compite con las capacidades humanas ni con la ética, sino que es la plataforma misma sobre la cual se construye la productividad, la gestión pública y la autonomía del país en el siglo XXI.
Chile brilla en formación, gobernanza e investigación, pero exhibe un cuello de botella crítico en capacidad de cómputo. Concentrar apenas el 2,1% de los procesadores de alto rendimiento (GPU) de América Latina en comparación con el despliegue industrial de gigantes como Brasil no es solo un dato técnico; es un límite concreto a la autonomía con la que podremos entrenar nuestros propios modelos y responder a desafíos locales en salud, agricultura, energía o gestión del agua.
El desafío de los próximos años consiste en dar el salto de usuarios aventajados a creadores con soberanía tecnológica. Esto exige pasar de la fascinación por las interfaces a la integración profunda en los procesos productivos de nuestras regiones. Y en esa tarea, el aislamiento no es una opción. Como concluye el ILIA, ningún país de la región por sí solo posee la escala para competir en la carrera global de supercómputo. La respuesta debe ser profundamente integradora: redes compartidas de datos, infraestructura distribuida y alianzas público-privadas que trasciendan fronteras nacionales y barreras centralistas.
Chile tiene hoy la madurez y la credibilidad institucional para articular esa agenda de futuro. El momento exige transformar nuestro liderazgo estadístico en un motor de transformación territorial concreta, capaz de descentralizar las oportunidades y democratizar el acceso a las herramientas del presente. Liderar es un buen punto de partida; convertir ese liderazgo en valor sostenible y bienestar compartido es nuestra verdadera tarea pendiente.










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